“Serpentario”, de Juan José Rivera, ganador del concurso de relatos inspirados en Melusina

Ray era un contador en ascenso que trabajaba para una empresa constructora de la Ciudad de México. Le gustaba correr todas las mañanas sin música en los oídos para escuchar los latidos de su corazón.

Todas las tardes comía en un pequeño restaurante ubicado en la planta baja de un edificio de departamentos. Siempre buscaba sentarse en las mesas instaladas sobre la acera, con vista a la entrada del edificio de departamentos. No lo hacía precisamente para contemplar el paisaje urbano. Lo suyo eran los números, no los diseños.

La razón de su costumbre llegaba a las tres y media de la tarde, justo cuando le servían la sopa; “ella” pasaba a su lado con cierta prisa, saludaba a los meseros del lugar y entraba al edificio. Una hora después salía apresurada, saludaba a los meseros nuevamente, miraba a Ray una fracción de segundo, pasaba junto a él y se perdía de vista.

Ray adoraba ese momento, cerraba los ojos y detenía el tiempo; la visualizaba pasando junto a él una y otra vez; sentía su cercanía, su roce; deseaba tocarla, abrazarla y no dejarla ir. Llegado a ese momento, Ray escuchaba claramente los latidos de su corazón, tan intensos como cuando estaba a punto de rebasar los cinco kilómetros de la pista donde corría por las mañanas.

Era perfecta para él. Simplemente era una de esas mujeres con las que uno se imagina pasar el resto de su vida. Seguramente viene a comer a su casa - pensaba Ray-, si lo hace todos los días, significa que no tiene novio, de lo contrario alguna vez quedarían para comer juntos en su departamento o en otro lado.Siempre había intentado concluir el pago de la cuenta con la salida de ella. La timidez no era un problema para él; cada día llevaba al restaurante la firme intención de hablarle… Sin embargo, era fiel a los cálculos matemáticos, y quería que ese momento “cuadrara” perfecto.

Ella siempre lo sorprendía con el postre en la boca, tomando café o esperando el cambio. Hasta que un día, en el instante en el que él estaba dejando exactamente el 10 por ciento de propina, ella salió, lo miró un breve instante, se detuvo sobre la acera y pagó a un mesero un café capuchino que había llevado el día anterior. Ray se levantó, dio vuelta y caminó en la dirección que ella regularmente tomaba. Ella comenzó a caminar en la misma dirección que él.

Ray sintió sus pasos y redujo la velocidad de los suyos. Ella se emparejó y por un momento quedaron hombro con hombro. Él sintió que los latidos de su corazón se podían escuchar en toda la cuadra. Ella se adelantó un paso.

Ray pensó que era el momento, y justo cuando él decidió hablarle, ella metió la mano en su bolso y sacó su teléfono celular, marcó un número y se puso el móvil en el oído. Ray sintió que perdía la oportunidad.

Disculpe, señorita –dijo por fin-.

Ella se detuvo, colgó su teléfono y lo miró a los ojos.

No me lo tome a mal –dijo Ray- pero he estado esperando este momento mucho tiempo.

Lo siento –lo interrumpió Larissa- llevo prisa.

¿Te puedo acompañar? –insistió él-.

No gracias –dijo ella sonriendo-.

Él permaneció mirando cómo se alejaba. Los ojos de Ray descendieron por el largo de su cabello hasta sus caderas antes de que diera vuelta a la esquina, cuando inesperadamente vio algo en su cuerpo que llamó su atención: entre el pantalón y la blusa de ella, se dejaba entrever un gran tatuaje de color verde oscuro que abrazaba la piel de su cintura.

Oye! –gritó Ray- ¿Cómo te llamas?.

Me llamo Larissa – contestó ella-.

Al día siguiente, mientras Ray esperaba que le sirvieran el primer tiempo del menú, escuchó una voz que le decía: ¿me puedo sentar contigo?

Ray alzó la vista y vio a Larissa. Comieron juntos, y luego la acompañó a su trabajo. Larissa era arquitecta, y resultó que algunos planos requeridos por la constructora donde Ray trabaja habían sido elaborados por ella.

El tono del celular de Larissa sonó con la canción Snake Eyes de Alan Parsons Project en medio de una junta con los socios del despacho. Larissa tomó el celular, se lo llevó al oído y , tapándose la boca, dijo en voz baja: ¿Quién habla?

Soy yo: Ray.

Llámame luego –dijo ella.

Espera –dijo él- es rápido, los chicos de mi trabajo saldrán mañana de “antro”, ¿quieres venir conmigo?

Los sábados no puedo -dijo ella tajante-.

Okey, okey, -decía Ray- lo cambio para hoy, no hay falla, ¿si?

Está bien -dijo Larissa. Era obvio que él estaba moviendo a sus compañeros de oficina sólo para poder salir con ella- a las nueve y media en mi casa, chau.

Fueron a un Bar Karaoke, la pasaron superbién y ya pasados de copas cantaron juntos I Don´t Wanna Miss a Thing de Aerosmith; nadie entendió absolutamente nada de lo que vociferaban, pero entre carcajadas se dieron su primer beso.

Embriagado,s subieron al primer piso y abrieron la puerta del departamento de Larissa. Se fueron directo a la recámara. Larissa estaba desnuda mirando por la ventana hacia la calle. Ray miraba el tatuaje en forma de piel de serpiente que salía de entre sus glúteos y cubría toda su espalda hasta los hombros.

Me gusta tu tatuaje –dijo Ray.

No es un tatuaje -dijo ella.

Larissa se acercó, posó sus brazos sobre él, y mientras acariciaba su nuca, le decía con un excitante aliento alcohólico: tienes que irte antes de que amanezca. Los sábados no estoy para nadie.

Ray despertó antes del amanecer. Retiró las sábanas del cuerpo de Larissa y admiró nuevamente su espalda. Ella alcanzó a decir entre sueños: Es un mal congénito, de familia.

Me gusta –dijo él.

Sabes, Ray -dijo ella casi dormida, con un tono de voz muy tierno- me estoy enamorando de ti.

Ray se vistió y antes de salir del departamento entró al baño. Observó un cubo de cristal gigante con un jacuzzi adentro, parecía un gran serpentario. El cubo tenía un solo acceso. Está llena de misterios -pensó-pero definidamente la amo.

Bajó hasta la calle en donde estaba estacionado su auto. Los primeros rayos del sol le fastidiaron los ojos. Buscó las llaves del carro en sus bolsillos y no las encontró. Chin! las dejé en el lavamanos!

En ese mismo momento Larissa entraba en el jacuzzi y, después de cerrar con cuidado la puerta del gran cubo de cristal, se hundió en el agua, transformándose instantáneamente en una enorme serpiente de veneno mortal.

Ray llamó a la puerta, pero nadie acudió a abrir. Entonces recordó que la ventana de Larissa había quedado entreabierta. Salió nuevamente del edificio y, trepando por un poste, alcanzó el balcón y entró al cuarto de Larissa. La llamó… Pero no obtuvo respuesta.

Al entrar al baño para recoger sus llaves, le llamó la atención el cúmulo de espuma que se veía dentro del cubo de cristal. Olvidándose de las llaves, se acercó al jacuzzi y abrió la puerta de cubo.

No encontró a Larissa. Oyó un  fuerte aleteo y sonidos extraños en el balcón de la sala del departamento, y salió a toda prisa del baño hacia la sala, dejando accidentalmente la puerta del cubo de cristal abierta.

Una sensación de terror recorrió su estómago al descubrir el enorme Dragón que se aferraba con sus garras al balcón del departamento. Su corazón bombeaba sangre con tanta fuerza que era imposible escuchar otra cosa que no fueran sus latidos.

Ray dio un salto y llegó hasta la cocina, tomó por el mango un cuchillo francés, se giró y sintió un dolor intenso en la pierna que le recorría todo el cuerpo.

Se deslizó por la pared hasta caer sentado en el suelo. Los vellos de su nariz se erizaron como espinas y empezó a sangrar. Los latidos de su corazón se fueron debilitando.

Ray abrió los ojos y observó cómo, a dos metros de él, la gran serpiente enrollaba su cuerpo en forma de “S” y le atacaba de nuevo. Sin pensarlo, clavó el cuchillo por debajo de la cabeza de la serpiente.

Antes de morir, Ray alcanzó a observar que Larissa yacía sin vida entre sus brazos, con el cuchillo francés clavado en la garganta, y escuchó los ensordecedores lamentos del Dragón que se iba alejando para perderse en el horizonte.